HUGO MARCELO BALDERRAMA
Hoy, 10 de noviembre 2019, Bolivia vivió una de las jornadas más intensas de los últimos trece años. En realidad, la convulsión social lleva 18 días, pero la semana que culmina fue crucial. Desde el amotinamiento policial, los ataques a los buses de los mineros de Potosí, los combates de los ciudadanos cochabambinos contra los partidarios del gobierno, las violaciones a estudiantes por parte de mercenarios masistas, la confirmación del fraude electoral por parte de la OEA, hasta la renuncia de Evo Morales al poder. Definitivamente, mi patria pasó por una semana de lágrimas y sangre.
Dentro todo ese zafarrancho, es importante destacar a Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Pro Santa Cruz, y Marco Antonio Pumari, máximo ejecutivo del Comité Cívico de Potosí. Estos jóvenes líderes pusieron el pecho a las balas, y le taparon la boca a muchos escépticos –debo admitir que una de esas fue la mía-. Su valentía fue vital para debilitar al régimen, y obligarlos a renunciar después de trece años de hegemonía socialista.
JEAN VILBERT
La idea de una «tercera vía» en la política económica ha fascinado a políticos, académicos, artistas y votantes de todo el mundo. Al surfear esta ola, el estado de bienestar se ha extendido rápidamente en las últimas décadas.
Algunos incluso dicen que los países nórdicos son la prueba definitiva de que es posible crear una sociedad próspera e igualitaria a través de la intervención del Estado, mezclando los mercados libres con altos impuestos para conseguir altos niveles de vida y una menor brecha de desigualdad. Pero, ¿está realmente resuelto el asunto?
Bueno, gran parte de América Latina cuenta otra historia; una triste historia en la que el estado de bienestar conduce a una economía perennemente débil (con ciclos aparentemente interminables de recesiones y estanflación) y mantiene a muchos viviendo en la pobreza.
GABRIELA CALDERON
Entre las medidas anunciadas por el gobierno ecuatoriano, una amerita la calificación de histórica: la eliminación del subsidio a los combustibles. Esta política fracasada, regresiva e insostenible, data de 1974. Muchos observadores perciben esta medida como un 'paquetazo', como si la eliminación de un subsidio equivaliese a la creación de un nuevo impuesto. Sin embargo, ambas cosas no son lo mismo, mientras que la diferencia es importante.
Eliminar subsidios suprime distorsiones en la economía, haciendo que los individuos tomen decisiones más racionales –ya no serán tan ubicuas los F150 ni los autos a diésel–. Adicionalmente, la medida implica una reducción instantánea y a largo plazo del gasto público, evitando que el Estado continúe garantizando, artificialmente, un precio bajo que principalmente beneficiaba a los quintiles de ingresos más altos.
GUILLERMO RODRIGUEZ
Hoy nuevas de tecnologías de información, comunicaciones, robótica y biotecnología crean un nuevo mundo, pero la novedad es tecnológica. El mismo proceso económico ya lo vimos en pasados cambios tecnológicos y económicos de equivalente amplitud, profundidad y rapidez. Esto lo explican menos los libros famosos que trataron del impacto de cambios tecnológicos del pasado reciente –de Marshall Macluhan con La aldea global en 1962, a Alvin Toffler con El Shock del Futuro de 1970 y La Tercera Ola de 1980– que la teoría económica que estudió mucho antes los cambios en la estructura del capital que permiten las nuevas tecnologías productivas.
Curiosamente, esto sirve de excusa para repetir como supuesta novedad de fracasos de predicción del Club de Roma a falaces teorías y fallidas profecías de Paul Ehrlich. Manipulando la angustia de tiempos de cambios, el totalitarismo se disfraza de ecologismo anunciando el apocalipsis a menos que adoptemos de inmediato la economía socialista que únicamente logrará pobreza, muerte y mayor contaminación, como ocurrió donde quiera que se aplicó (y como sigue ocurriendo allí donde se aplica hoy).
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