HANA FISCHER
Daría la impresión que debido a una maldición, los países latinoamericanos son incapaces de zafarse del subdesarrollo.
Algunos, en diferentes épocas, estuvieron a un paso de lograrlo. Pero, llegado ese punto, las fuerzas reaccionarias arremetieron con ímpetu, arrastrando a esa nación en dirección contraria.
CARLOS RODRÍGUEZ
El muy destacado escritor e intelectual israelí Amos Oz defendió en el periódico El Mundo:
El tercer camino está entre el capitalismo darwinista y el comunismo dictatorial y brutal. Creo en la solidaridad social.
Ésta es una idea antigua, que ya planteó Harold Macmillan en su libro The Middle Way en 1938, fue recogida por los peronistas en mi Argentina natal y aparece reiteradamente en escritos vinculados con la Doctrina Social de la Iglesia. En general, se trata de un pensamiento poco riguroso, y de consecuencias posiblemente peligrosas.
Presentar como razonable y moderado un punto central es distorsionar la venerable noción aristotélica, cuyo justo medio virtuoso depende crucialmente de que equidiste de dos extremos análogamente viciosos. Y si no, no.
El comunismo es, sin duda, “dictatorial y brutal”. Veamos el otro extremo con el que Amos Oz pretende compararlo, el “capitalismo darwinista”. Dentro de su vaguedad, sospecho que la idea que quiere transmitir, un mundo capitalista tan letal y destructivo como el comunismo, no tiene nada que ver ni con el capitalismo ni con el darwinismo.
Por un lado, Darwin no se refirió a la mera aniquilación de las especies sino a la selección de las mismas según su aptitud, no su simple fuerza, como a veces se piensa. Si el capitalismo puede ser calificado de darwinista, porque la competencia del mercado efectivamente suprime empresas y empleos que no son eficientes, no se deduce de ahí que sea destructor de la riqueza. La verdad es, en cambio, que la aumenta muy considerablemente. Si no fuera así, si la destrucción de empresas y empleo fuera irreversible, los países capitalistas jamás habrían registrado ningún incremento en su prosperidad; y el empleo, de hecho, habría desaparecido.
ARMANDO MÉNDEZ
Se define al Estado como la organización política que impone un determinado orden a una determinada sociedad, la misma que en su comportamiento acata sus normas.
CARLOS ALBERTO MONTANER
El 24 de mayo Rafael Correa abandonará la presidencia de Ecuador. Falta poco. No se desesperen. Lo entiendo: ha sido largo y doloroso. Lleva una década en el poder. Ese día comenzará a gobernar quien gane la segunda vuelta del 2 de abril. Si los demócratas de la oposición se mantienen unidos, Guillermo Lasso deberá sucederlo en el cargo.
¿Quién es Rafael Correa, este personaje contradictorio que se hace llamar neodesarrollista, socialista del siglo XXI, católico partidario de la Teología de la Liberación, nacionalista de izquierda, y, encima, canta y toca la guitarra?
¿Estamos en presencia de un comunista disfrazado, como lo fue Fidel Castro hasta que confesó su verdadera militancia en 1961 tras haberla negado previamente media docena de veces?
No creo que Correa sea comunista. Es otra cosa. Aunque es un economista mediocre sin investigaciones originales, sabe lo suficiente para advertir que las ideas de Marx son disparatadas.
Pese a su discurso ante las cenizas del Comandante en noviembre del 2016, transido de admiración y radicalismo, Correa es la quintaesencia del populista latinoamericano. ¿Cómo se sabe? Se sabe por el estudio de sus síntomas. El populismo es un síndrome.
No hay la menor contradicción en ello. Los Castro y Rafael Correa se hermanan en la devoción populista, en el autoritarismo y en el histrionismo. Correa es fidelista a fuer de ser populista. Perón también simpatizaba con Fidel y viceversa, como les ocurría a Mussolini y a Lenin. Se amaban en secreto, como en los boleros.
Naturalmente, se puede ser populista y comunista o fascista. Eso no importa. Hay populistas a la derecha y a la izquierda del espectro político. El populismo son medidas de gobierno para conquistar el poder y mantenerse en él. Está relacionado con la psicología profunda del que manda. Incluso, no faltan líderes y partidos democráticos que, lamentablemente, exhiben algunos elementos populistas.
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