RAIMUNDO COX
Cuando damos una mirada rápida a América Latina, sorprende que su historia no haya sido mejor. Para muchos, es curioso que, con todos los recursos naturales y posibilidades de la región, no haya una mejor calidad de vida y mayor prosperidad. La historia de América Latina ha estado marcada por innumerables problemas casi sistémicos que la acosan hasta el presente. Los caudillismos, las demagogias y las tentaciones marxistas han sido dolores de cabeza recurrentes en la historia de la región y han dado como resultado que, lo que podría haber sido una zona próspera, hoy se encuentre casi estancada en comparación con otros países.
Por ejemplo, hagamos una comparación entre la Argentina de principios del siglo XX con la Argentina de hoy. ¿Cómo un país que llegó a ser una de las potencias del mundo el siglo pasado puede encontrarse hoy en semejante decadencia? Otro ejemplo claro es el de Venezuela: Entre la situación que tenía en la década de los 70 y la que tiene hoy, existe un profundo abismo.
¿Cómo un país próspero lo echa todo a perder? La respuesta se encuentra en una sencilla medición: La libertad. Hubo países de América Latina que en diferentes períodos desde la independencia han gozado de épocas de libertad, en mayor o menor medida. Curiosamente esto coincide con sus momentos de mayor auge.
Las ideas de la libertad, y no otras, son las que, puestas en práctica, han generado las instituciones que llevan a los países a la prosperidad. Las ideas del respeto a la propiedad privada, la dignidad de la persona, el Estado de Derecho, y la responsabilidad individual han sido causales directas del progreso. Por tanto, parecería extraño que siendo estas ideas e instituciones las que mejor funcionan, alguien pensara en cambiarlas y más aún que esto se hiciera de forma radical y en sentido contrario.
Pues bien, aquí es donde nos topamos con la difícil cuestión, pues no es necesariamente el éxito per se lo que determina que algunas instituciones perduren o sean reemplazadas. Son las ideas, es el clima de opinión, es la cultura, las que mueven a las personas y su historia. Y en esos vaivenes, las ideas de la libertad han salido perdiendo en América Latina, pues cuando se están haciendo bien las cosas, sus pueblos se relajan y confían en que sus políticos sabrán mantener la prosperidad ganada. La libertad requiere eterna vigilancia y cuando no se es constante, damos paso a problemas como los que aquejan a la región. El fracaso espera a quienes no defienden su libertad.
Chile es el paradigma de esta situación en la actualidad latinoamericana. Un país que durante las últimas décadas había trabajado duramente aplicando la libertad económica que le ha permitido el despegue para salir de la miseria en la que se encontraba.
Esta revolución tuvo a la libertad por protagonista y cuando hablo de libertad me refiero a todos. Pues en un sistema de libertades, cada individuo aporta su esfuerzo y sacrificio y ello redunda en beneficio de todos para salir adelante. La libertad no es una solución mágica pero sí real.
Ese Chile de los últimos años se posicionó como un referente mundial, porque su éxito ha permitido que miles y miles salgan de la pobreza y que el país se encuentre en una próspera situación que no tiene precedentes.
No obstante, Chile también cayó en la trampa de la explotación de la envidia y el victimismo izquierdistas. Las ideas de la libertad han sido sustituidas por discursos igualitaristas y comunistoides que abogan por fracasadas políticas que crean dependencia del Estado y ahogan las ideas de la libertad. Cabe recordar que este tipo de discurso, aunque bien intencionado, suele acabar en rotundos fracasos. Rápidamente las instituciones que permitían la libertad y el progreso carecen de legitimidad y las reformas al “modelo chileno” ocupan la agenda política.
El poder subvalorado de los intelectuales y el trabajo de la cultura ha sido la clave para que las ideologías que instrumentalizan a las personas y llevan al fracaso puedan florecer. En América Latina se está librando una batalla en el frente de las ideas. El campo más vociferante lo representa el “bolivarianismo” del fallecido Hugo Chávez y su grupo Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA) frente a los menos ruidosos pero más efectivos y exitosos miembros de la Alianza del Pacífico.
El futuro se está jugando hoy, pero no sólo en la política pública sino en el campo de las ideas, en los medios de comunicación, en las aulas, en la mente de la gente – y en las urnas. Corresponde a cada uno de nosotros comenzar a tomar conciencia de que las ideas importan y que las de la libertad son las que tienen el mejor currículum en la historia humana. Es cosa de pedagogía. Si ya decía Albert Einstein: “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”. Hay que salir a explicar que la libertad funciona para que se deje de imponer a los pueblos más y más fracasadas ideas colectivistas. Basta ver dónde ha acabado el experimento venezolano con esas ideas para evitar a toda costa seguir ese camino al abismo.
Tomado de libertad.org
