OSCAR OLMEDO
Desde su inicio (1982), los 30 años de democracia en materia económica, estuvieron marcados por constantes desequilibrios. El modelo keynesiano-populista que rigió durante la UDP no era nuevo, era un modelo (agotado) que al margen de los gobiernos democráticos o militares había sobrevivido bajo distintas formas desde los años 50’. La tesis axial del modelo keynesiano partía del crecimiento de la inversión pública para generar mayor producción y empleo, y por tanto mayores ingresos, y luego, dinamizar la demanda agregada.
Pero, el modelo funcionó así: luego de haberse alcanzado un punto máximo en la tasa de crecimiento de la inversión en 1976, ésta cayó a niveles negativos desde 1979 a 1985, estimulando el descenso del empleo, los salarios y el PIB.
El incremento del gasto público creció en un 68 por ciento desde principios de 1970 a 1977. Durante la depresión: 78–82 el crecimiento del gasto público (corriente y de capital) fue mayor a los ingresos públicos, haciendo del ahorro una variable insuficiente para continuar con la inversión según los postulados keynesianos. Esto significó acudir en primer lugar a los aportes extraordinarios de YPFB y Comibol, aunque una vez agotados estos recursos, tuvo que asistirse de la inversión externa.
Los resultados se expresaron en un crédito externo que financiaba cerca del 60 por ciento del déficit fiscal entre 1980-81. Para 1982, el crédito internacional financiaba el 90 por ciento del sector público. Es importante señalar que en el período más depresivo: 1980-1985, el 86.5 por ciento del déficit fue generado por el gobierno central y el 13.5 por ciento por las empresas públicas. Los datos mostraban claramente el fracaso del modelo keynesiano.
Si añadimos la ineficiencia del Estado en materia económica, el keynesianismo como modelo era ya una pantomima. El CEDLA (con investigadores como Carlos Villegas y A. Aguirre), midieron el flujo del excedente económico estatista y hacia dónde se dirigió durante los años 1980-1985, concluyendo en unos datos por demás reveladores: la inversión productiva, variable que garantizaría el crecimiento dentro el modelo keynesiano tuvo una tasa de crecimiento negativa de (8.90), ¡inversamente prevista a la propuesta del modelo!
Aseguraban los autores, que los ‘gastos improductivos’ crecieron en un 6.17 por ciento . Lo axiomático es que cuando relacionaron el gasto improductivo con el PIB, éstos habían subido de 47 por ciento en 1980 nada menos que hasta un 71 por ciento para 1985. Cualquier medida o plan de crecimiento a esas alturas, tenía que estar proyectado por encima del crecimiento del PIB potencial, objetivo irracional a todas luces.
El mecanismo “regulador” buscó pues adoptar -casi como una “reacción mecánica”-, que el BCB incrementara la emisión de billetes y monedas, extendiendo la liquidez total, aunque era evidente que si se elevaba la liquidez total (medio circulante y el cuasi dinero) por encima del crecimiento del PIB, debía inevitablemente surgir la inflación.
La democracia nació marchita económicamente hablando, aún el paroxismo de lo político se imponía sobre una economía que quedaba pendiente como una úlcera abierta. Todo aún por hacer. El gasto público exuberante, la improductividad de las empresas públicas, los precios bajos de materias primas, la inflación interna, y la recesión económica eran exutorios que reclamaban urgentemente un ajuste económico frente a una estanflación inequívoca. Sólo que, dicho ajuste tendría que venir supeditado a los parámetros de otro modelo económico y, con la ayuda de organismos internacionales. ¿Por qué la UDP descuidó lo económico? Su argumento pasaba porque políticamente había que consolidar previamente la democracia, antes que lo económico.
Estudios en economía y filosofía. This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it."
Tomado de opinion.com.bo