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ESPERANZA AGUIRRE

En política siempre hay que tener muy presente que la democracia no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar un fin superior, que es la libertad.

Si la libertad es un fin inexcusable de todo régimen político, la democracia, por el contrario, no es un fin en sí misma, sino un medio para organizar los gobiernos que garanticen mejor el máximo de libertad. Un medio fundamental, desde luego, porque, como dejó dicho Churchill con su agudeza habitual, “Democracy is the worst form of government, except for all the others” (“La democracia es el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás”).c

Lo que pasa es que la misma etimología de la palabra “democracia” es sumamente atractiva. ¡Ahí es nada, “el gobierno del pueblo”! El problema es que, desde los griegos, que son los que inventaron la idea y la palabra, la articulación de ese gobierno del pueblo ha dado muchas vueltas y ha visto cómo, con demasiada frecuencia, en su nombre se han llevado a cabo los mayores atentados contra la libertad, que, no se olvide, es lo que los ciudadanos deberían pedir a su régimen político.

Y, en ese sentido, sólo la democracia liberal y representativa, sólo la democracia basada en la igualdad de los ciudadanos ante la Ley y en la garantía de sus libertades, sólo esta democracia, de la que hablan Churchill y Popper, sólo la democracia tal y como la conocemos en Occidente y en España los últimos 38 años, se acerca realmente a ese ideal de “gobierno del pueblo”.

Por el contrario, una buena manera de identificar cuándo se está produciendo o se va a producir una adulteración de ese eficaz método para elegir y cambiar los gobiernos, lo tenemos en el uso de adjetivos.

Lo sabemos los españoles que vimos cómo el franquismo se denominaba a sí mismo “democracia orgánica”. Y lo saben perfectamente todos los millones de seres humanos que, desde 1917, han tenido que vivir -y algunos, como nuestros hermanos cubanos, aún viven- bajo las dictaduras comunistas, que se hacen llamar, sin pudor, “democracias populares”.

Los populismos de todo el mundo han recurrido siempre, y siguen recurriendo, al pueblo -de ahí, precisamente, su nombre-. El peronismo o el chavismo o los nacionalismos (todos ellos movimientos inequívocamente populistas), sacan las masas a la calle para demostrar su fuerza y así defender la presunta legitimidad de sus asaltos a la libertad, en nombre de esas masas a las que quieren presentar como representación de todo el pueblo.

Hoy esas movilizaciones callejeras pueden ser complementadas y sustituidas por avalanchas de manifestaciones en las redes sociales, que, no por ser más pacíficas, dejan de ser maniobras de aquellos que quieren cargarse la democracia tal y como la conocemos en Occidente.

Algunos llaman a esto “democracia participativa”, y la verdad es que tiene de democracia lo mismo que la “orgánica” o que las “populares”.

Hace unas pocas semanas Jon Juaristi, en su artículo dominical, nos ilustraba, no en vano es filólogo, sobre una palabra, “oclocracia”, que ya usaba Aristóteles -el primer gran teórico de la política-, y que vendría a significar “el gobierno de las muchedumbres”.

La oclocracia, nos dice Juaristi, consiste en llamar a la revuelta urbana por parte de los políticos, y se trata de una perversión de la democracia paraderribar gobiernos por la presión de las muchedumbres en la calle. La llamada democracia “participativa”, mezcla de manifestaciones y escraches callejerosy de habilidosa utilización de las redes sociales, como propugnan los políticos populistas españoles, es el primer y más peligroso paso para acabar con nuestra democracia, la que, como decía Churchill, mejor garantiza la libertad, que ése sí que es el bien político supremo.

Tomado de esperanza.ppmadrid.es