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Seis meses y “maduro”

FERNANDO MOLINA 

El caudillo, esa figura a la que con frecuencia recurre la política latinoamericana para ‘resolver’ el problema de la falta de institucionalidad, es muy movilizadora, pero tiene un límite infranqueable: su índole personalísima. Esto significa que las cualidades del caudillo no pueden transferirse a ningún otro, solo residen en él. Cuando el caudillo desaparece la estabilidad que podía ofrecer se desvanece. Con ello se pierde lo único bueno que poseía el régimen caudillista (la estabilidad), mientras que se conserva lo malo: el sistema que lograba que la sociedad se subordinara al dirigente que había elegido idolatrar: la institucionalidad perversa al servicio del caudillo. Y este sistema, vaciado de la relación carismática entre el líder y la gente, no puede ofrecer más que opresión sin esperanza.

La estabilidad que ofrece es un remedo que pronto se quiebra por obra de los adversarios y de la disputa interna por capturar una mayor porción del poder que está vacante. Seis meses después de la posesión definitiva de Maduro como primer presidente venezolano después de la era de Chávez, el chavismo vive con dramatismo estos fenómenos políticos. Aunque para afianzarse Maduro ha acudido a la misma receta de su predecesor, esto es, la polarización entre ricos y pobres y la movilización permanente de sus adherentes en contra de una supuesta ‘conspiración’ adversaria.

Lo cierto es que Chávez nunca estuvo tan débil en el curso de su prolongado mandato como Maduro lo está hoy, solo medio año después de las elecciones que ganó por un pelo. Maduro nunca será Chávez. Los chavistas saben eso y ya se lo están cobrando a su presidente. Y todo se descontrolará más aún cuando Maduro tenga que probar su valía como caudillo allí donde Chávez lo hacía, esto es, ganando elecciones.

Las elecciones municipales están en puertas, lo que es complicado para un oficialismo desgastado por la sucesión de malas noticias en el frente económico: altísima inflación, imposibilidad de controlar el tipo de cambio, que es siete veces mayor en el mercado paralelo que en el oficial, fuga de divisas, falta de recursos, entonces, para importar lo que Venezuela consume y, como corolario, carestía de decenas de productos básicos de consumo.

En Bolivia este cuadro bastaría para poner a cualquier gobierno contra las cuerdas o, directamente, en nocaut. En Venezuela el proceso es más lento por la falta de una organización independiente (es decir, no chavista) de la sociedad civil. Pero el resultado será el mismo.

Tomado de paginasiete.bo


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