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¿Igualdad de oportunidades o igualdad absoluta?

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FLORENCIA ABRAM 

Abogar por la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres ha sido una importante lucha por los derechos a lo largo de la historia y bien corresponde que así sea. Gracias a esto las mujeres tienen la posibilidad de votar, trabajar fuera de sus hogares, hacer deportes de toda índole, etc. (por lo menos en gran parte de los países occidentales).

Pero, sin embargo, algunas personas, sobre todo por cuestiones políticas, confunden la “igualdad de oportunidades” con la “igualdad absoluta”. Entendamos que asegurar las condiciones para que todos puedan acceder a un derecho, sin importar el sexo, significa garantizar que nadie pueda prohibirle ejercer dicho derecho; pero no que los demás deban garantizárselo aunque no se lo haya ganado. De lo contrario, quien merecía ocupar ese lugar por mérito propio ha sido discriminado y su derecho avasallado.

Acaba de aprobarse en la Legislatura Bonaerense una ley de paridad de género para los cargos legislativos y de concejales. Creo que es innecesario que existan los cupos femeninos actuales y desincentivo fervientemente que se incrementen los mismos. Hay tantas falencias en el sistema electivo y conformación de los cargos legislativos que incluso la discusión sobre cantidad de mujeres en las bancas suena absurdo y minoritario.

Muchos creen que estos proyectos son una forma de promover la “igualdad de género” pero a mi parecer es exactamente lo contrario. Se termina sugiriendo que las mujeres son incapaces de llegar a dichos puestos por su capacidad intelectual o política y, por ende, precisan que obligadamente formen parte de las listas electorales. Creo que, a diferencia de muchos países tanto occidentales como orientales, la ciudadanía argentina se encuentra bastante avanzada con respecto a los derechos de la mujer y en general se la considera tan capaz como a cualquier hombre. En el espacio político actual contamos con mujeres excepcionales que fueron capaces de llegar a donde están hoy por sus propios talentos y habilidades. Y lo mismo sucede en las empresas privadas, cada vez más mujeres llegan a los altos puestos directivos y gerenciales.

No podemos dejar de considerar que el obligar a los partidos políticos a incluir mujeres le quita posibilidades a hombres que quizás estén mejor. No debemos olvidarnos de ellos tampoco. ¿Cuál es el sentido de que un hombre se quede fuera de un cargo político si está en mejores condiciones de ejercerlo que su “par” femenino o cuenta con mayor apoyo electoral? ¿Alguien pensó en el ciudadano que también ha sido discriminado al no dársele el lugar que le corresponde, por los votos emitidos, a su candidato varón?

Tenemos que forjar de una buena vez una sociedad que se guíe por la meritocracia. La sociedad está mal acostumbrada a creer que todo le corresponde por derecho, por lo que no tiene que realizar ningún esfuerzo para obtenerlo.

Si realmente queremos asegurarnos de que la mujer no sea discriminada simplemente por su sexo, eduquemos para que se genere consciencia de esto, castiguemos a quienes abusan de las mismas (no solo física sino intelectualmente) y generemos repercusiones sociales cuando a una mujer se la discrimina laboralmente. Forjemos en la Argentina una sociedad que nos vea como iguales no por obligación sino porque entendimos que todos merecemos las mismas oportunidades, independientemente del género, y no necesitamos leyes que fuercen este respeto mutuo.

Esto es lo que verdaderamente marcará la diferencia.

Florencia Abram colabora con Fundación Libertad y Progreso, es Ingeniera Agrónoma y en 2014 fue presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires.

Tomado de libertadyprogresoonline.org