FERNANDO MOLINA
El ministro de Relaciones Exteriores de Irán acaba de recordar la importancia de las inclinaciones religiosas musulmanas en los actuales conflictos de Oriente Medio.
En la guerra civil siria, el presidente Al Asad es chií, mientras que sus opositores son respaldados por los regímenes suníes de Turquía y Arabia Saudita. En cambio, Irán –chií– así como el grupo proiraní Hezbollah, se solidarizan en distintos grados con el presidente de Siria. Otros dos países que sufren conflictos religiosos internos son Irak y Líbano.
La volatilidad de la lucha intersectaria es tan importante que los nacionalismos árabes procuraron garantizar el orden nacional mediante Estados laicos. Este esfuerzo desembocó en dictaduras militares, a veces autoproclamadas socialistas, como las de Irak, Egipto y la propia Siria. Un caso más exitoso fue el de la democracia laica turca.
Pero el orden neutral fundado por los militares solo funcionó temporalmente. La llegada de la llamada Primavera Árabe ha revuelto todo una vez más.
La división entre suníes y chiíes se remonta al siglo VIII, cuando los árabes se expandieron sobre las colonias mesopotámicas del Imperio Bizantino, creando un sistema político fuertemente basado en la religión, que incluía a los miembros de los pueblos colonizados (persas y otros) que se convirtieran al islam, pero los relegaba a una posición secundaria, a la cual también estaban condenados los árabes pobres.
Esto generó odio contra la élite dominante (la omeya), que había obtenido el poder imponiéndose sobre Alí, sobrino y yerno del profeta Mahoma, y era responsable del asesinato del hijo de este. Un amplio movimiento teológico, político y social surgido en Irak y luego extendido a todo el mundo musulmán dio sentido religioso a esta lucha con la esperanza en la llegada de un ‘verdadero’ descendiente del profeta Mahoma.
Esta idea mesiánica, importada del judaísmo, separa a los chiíes (seguidores de Alí) de los suníes, que se enfocan ortodoxamente en la construcción, aquí y ahora, de una sociedad pura, es decir, adecuada a las enseñanzas del Corán.
Aunque esto no permite derivar la posición política (revolucionaria o conservadora) de cada grupo, hay que tomar en cuenta que ser chií o suní no es una elección individual, sino un hecho cultural, hereditario. Por tanto, son identidades que funcionan igual que las étnicas, una en contra de otra. Y por eso organizan los alineamientos de los Estados en el siempre complejo escenario político de la región.
Tomado de eldeber.com.bo