CARLOS HERRERA
Si hay una deformación conceptual aterradora entre los latinoamericanos es la que tiene que ver con lo que entendemos por “política”. Hacer “política” para nosotros quiere decir hacer cualquier cosa, no importa si destructiva de nosotros mismos, en el afán de preservar o alcanzar el poder. Por eso se ha introducido en el subconsciente colectivo -de forma muy conveniente para algunos- que la “política” permite actuar sin la consideración de valores o principio alguno.
Muchos latinoamericanos creemos que actuando sin inspiración constructiva (sin valores ni principios) uno puede labrarse un camino en la vida, lo cual no es cierto, porque aún si de esa forma se alcanza alguna meta, ésta nunca tendrá verdadera trascendencia.
En un sentido restringido “política” es el conjunto de acciones que desarrollan los políticos en la búsqueda o la conservación del poder. Pero si esas acciones carecen de inspiración constructiva, es la sociedad entera la que tiene un problema.
Es común entre nuestra gente y nuestros políticos la idea que hacer “política” consiste en destruir y desplazar al oponente. Se entiende la misma en términos bélicos, de destrucción y aniquilamiento. No nos alcanza la cultura para entender que lo que define al concepto es su significado trascendente, la aspiración de construir.
Es común también la idea que la “política” es un asunto sólo de políticos y que lo que ellos hagan en, o desde el Poder, no tiene repercusión más que en su propia esfera. No es cierto; lo que ellos hagan o dejen de hacer repercute en la realidad nacional. Primero, porque se quiera o no, son modelos de conducta. El aura de éxito y de sabiduría que los acompaña tiene nomás su influencia en la gente del pueblo. Segundo, porque es la opinión de ellos la que se escucha con mayor frecuencia. Y luego porque son ellos los que detentan el Poder, que es lo mismo que decir que tienen en sus manos el monopolio de las decisiones de carácter nacional. Por eso lo que hagan o dejen de hacer importa como lo que más cuando se trata de ellos.
Es preciso entonces deponer la idea de absoluta irresponsabilidad con la que se asocia la palabra y sustituirla por la contraria. Quien desempeña ese rol debe sentirse constreñido a una conducta mesurada y cabal. Esto no es una quimera, es más bien una necesidad esencial. La sociedad debe entender claramente que si tal cosa no es así, el país puede caer en un despeñadero.
El primer paso para meter al brete de la legalidad y la ética a quienes se encargan de la política (léase quienes toman decisiones para todos) será hacer el esfuerzo de asumir nuestras vidas con un mayor sentido de la responsabilidad; es decir, dándole mayor valor al sentido común. Porque es a base de sentido común, más que de sabiduría, que los pueblos se rigen a sí mismos.
Cuando en la vida diaria uno evalúa a una persona apela sobre todo al sentido común. Ve si sus actos se parecen a sus palabras, si sus palabras son ponderadas o frívolas, si inspira confianza o no. No se puede evaluar a una persona, menos a un político, si no es contrastando sus ideas con su conducta. Pero para saber si un político es útil a la sociedad es indispensable también un buen juicio sobre la realidad, un mínimo de conocimiento general de las cosas, porque sin esa mínima noción es imposible saber si el individuo en cuestión es un tramposo o no. Sólo se pueden discernir las verdaderas cualidades de un político si se discierne mínimamente cuáles son los problemas que la sociedad afronta como propios y cuales las lecciones de la historia inmediata. Se podrá entonces examinar mejor si el rosario de ofrecimientos que aquellos despliegan son racionales. Es decir, creíbles o no. Porque ofrecer el cielo y la tierra es fácil, cualquier idiota puede hacerlo, pero ofrecer soluciones racionales, es decir, soluciones constructivas y posibles, es ya un poco más difícil. Y todo lo anterior no se puede apreciar si no es a través del sentido común, una cualidad esencial para que la gente del país retome el control sobre su propia vida.
El sentido común es pues la verdadera herramienta para enderezar las cosas. Hace falta el esfuerzo de verlo, nada más. Porque la emotividad con la que algunos pueblos se manejan sólo sirve para que aquellos que se encargan de la política puedan darse el lujo de vivir en la impostura sin reproche alguno. Esa misma emotividad es la que induce a mucha gente a creer que determinada persona defiende sus intereses, cuando en realidad es todo lo contrario. La emotividad es sinónimo de superficialidad, en términos de política. Si en vez de examinar las cosas apelando al sentido común uno se deja llevar por sus emociones, por sus frustraciones, o por sus odios inconfesos, con seguridad apuntará mal. En vez del beneficio que comporta una buena elección, sólo logrará poner a la cabeza de la nación a un montón de incapaces y de inescrupulosos, que jamás devolverán el honor de su nombramiento con trabajo constructivo. No debe echársele por tanto toda la culpa de la mala situación de algunos países a los malos políticos, porque quienes los suben ahí arriba son las personas con su voto, nadie más.
Es importante entender también que el desprestigio que aureola a la política no resulta en nada bueno para la gente, porque de lo que se habla es de la actividad misma de pensar y hacer un país. Rescatar el concepto quiere decir rescatar a la nación. Al final es la herramienta del sentido común lo que les ha permitido a los pueblos desarrollados construir sus países.
Este rescate obviamente no es responsabilidad de los políticos, porque ellos no tienen la más remota intención de que las cosas cambien, no son tontos, sino de la sociedad en su conjunto. La prensa puede jugar un rol importante en este sentido, si entiende de una vez por todas que su prioridad, desde que los periodistas son primero personas antes que vendedores de noticias sensacionales, es decir, miembros de una comunidad social antes que vendedores de baratijas coloridas, es la de ayudar a que la reflexión sobre los problemas y la cotidianidad devengan en verdadera comprensión de la misma, en el entendido también que una sociedad pobre y atrasada, o frívola, a largo plazo a nadie le resulta beneficioso.
Hay que cambiar el significado que hoy se le asigna al concepto por uno que implique inteligencia verdadera, es decir, aporte y reflexión, tanto como sentido de la responsabilidad. Hacerle caso a la mentira que hacer “política” es hacer cualquier cosa, es socavar nuestro propio futuro como país. Si la comprensión sobre el concepto cambia, lo hará también la conducta de sus protagonistas.
No es bueno el castramiento del concepto porque la palabra “política” incluye también muchos de los actos de la propia sociedad civil. Cuando uno se pone en la fila de la mesa electoral para votar, hace política. También cuando elige un programa de gobierno. Hace política también cuando ejerce su derecho a opinar por cualquier medio, lo mismo que cuando conversa de ella con sus amigos. Incluso aquel idiota que afirma que es apolítico hace política con su indiferencia. Liberar al concepto de la deformación que ha sufrido, para levantarlo a la nobleza que le corresponde, es precondición de futuro.
Nadie está fuera de la política y nadie debería estarlo, desde que hacer la vida del país es una tarea que nos involucra a todos y no solamente a un sector de la sociedad. Y si nuestros actos como miembros de una comunidad social son también política, tanto mayor la necesidad de ver las cosas con el debido sentido común, liberándonos de la tara del emocionalismo y la indiferencia, que hasta ahora solo nos ha dejado miseria e ignorancia.
Abogado.