WALDO TORREZ
El transfuguismo es un deporte nacional. La patología de las traiciones y simulaciones es consustancial a la hora de hacer política. Desde el punto de vista moral es una traición oportunista al marco de la libertad política, los cambios de bando político partidario implican desconocer la voluntad popular y romper el vínculo de representatividad. Constituyen un tipo de políticos carentes de principios y valores sólidos, las convicciones o congruencia ideológica es lo menos que les importa. Los tránsfugas son desleales a la gente que les votó pero que dejaron de servirles. Romper con el partido o agrupación quienes le proporcionaron los medios para su elección es un riesgo calculado en la perspectiva de ganar o conservar el poder.
No cabe duda de que el nomadismo político oportunista afecta los valores democráticos. En tanto que sus electores esperan que el sujeto que eligieron vele por sus intereses, haga funcionar el sistema de gobierno, cohesione y le dé viabilidad al plan de gobierno por el cual han votado, el político desleal al mandato ideológico que representa, con bandolerismo y oportunismo electoral, defrauda a su base electoral y a los propios militantes que se ven desplazados por los oportunistas.
El transfuguismo es síntoma de algo más grave aún: la ausencia de referentes ideológicos mínimos dentro del país, dominado tradicionalmente por una cultura desprejuiciadamente pragmática. El juego político democrático para ellos no consiste en ganar las elecciones para conducir la historicidad del país, sino para instalarse y quedarse en el Gobierno. El poder un fin en sí mismo. El transfuguismo político no sólo ofende la inteligencia de los ciudadanos por su carga de cinismo inherente, sino que vulnera a las instituciones políticas por la inconsistencia ideológica de quienes ejercen roles de autoridad en las mismas. Pero el problema no son los oportunistas, sino los partidos que acogen a los “trapecistas políticos”, porque se nutren de tránsfugas potenciales. Lamentablemente, legislar en materia de transfuguismo no sólo es contradictorio con los principios y libertades fundamentales consagrados en la Constitución, sino también inútil, por cuanto se ataca al efecto: las normas resultantes serían cosméticas que poco ayudarían a resolver el bajo nivel de educación cívica y moral de los políticos que conducen nuestra maltrecha democracia. Ser tránsfuga no se castiga, sino que se premia con la posibilidad de llegar o conservar el poder a cambio de ser desleal e inmoral, lo que al final termina por debilitar a un partido o agrupación y desprestigiar aún más a la política. Toca a los ciudadanos y sólo a ellos premiar o castigar con su voto los excesos e inconsistencias de sus representantes.
Tomado de opinion.com.bo